sábado, 24 de enero de 2009

ANÁLISIS CRÍTICO A LA OBRA DEL PINTOR FÉLIX MUYO.



LOS SIGNOS
CONFLUYENTES:
ENTROPÍA EN
MANHATAN.
ANÁLISIS CRÍTICO
.

La obra de arte no nace de la búsqueda obstinada del artista, sino de la huida sin tiempo del Demiurgo. De la insensatez o sensatez de los demonios. En dicho don, o dones, sólo hay una línea; mejor dicho, una línea explícita o un punto de partida. Ese elemento, media, interactúa en el consciente y en el subconsciente. Todo arte es utilidad de algo, propuesta y sobre todo anuncio. El arte es ese algo, definido o indefinido, en el que todos penetramos o salimos, con la sospecha, o el asombro de que algo mágico nos ha visitado. Por cierto, hasta ese que pretende ser arte por arte. Porque los mecanismos de realización o conformación de una obra, incluso, cuando intentamos que a sí sea, escapa, por lo general, de la intención creadora para entrar a formar parte del misterio, la mimesis o el sueño. Fuera de ahí, surgen otras razones, otros roles que pueden ser de orden éticos o formales, económicos o contextuales, pero no por ello escapa de la realidad o quimera de la vida.

El arte, que está sesgado por las sustancias o ingredientes de la imaginación, no es un producto a catalogar, en primera instancia, porque no siempre los cortes son visibles.
Toda gran obra, nace de un gran sueño que luego es, o que antes había sido una realidad. Pero esa realidad está difuminada como los colores que forman el espectro. Ignoramos, muchas veces, que en las secuencias de la realidad que tenemos por real o aparente, hay una versión o inversión de cosas que no están dentro ni afuera; arriba ni abajo. La ubicación de los elementos en la naturaleza están dispuestos de acuerdo al precedente o antecedente que a término luz, es decir, de camino, van a ser focalizados en función de los conceptos o códigos que les apliquemos al fenómeno.

Si la acción se desacraliza o, al contrario, se quiere enmarcar dentro de una tendencia, registro o escuela, entonces como en un parto, se le pondrá fecha de aparición o nacimiento. Pero esa propuesta ya no pertenece al sueño del artista, porque lo demoniaco pierde su realidad o sentido de poder y pasa a ser domesticado, como algo dúctil y pasajero. Pero si se resiste y entra a formar parte de otra realidad, entonces es cuando persiste, porque ha pasado la prueba del tiempo.

Toda obra tiene su fundamento y su historia de origen. Ahora bien, lo que entraña en ella es su realización o entrada en el gran cosmos del reino de la expresión visual y hablada o escrita. Antes de ser metáfora o después de serlo, quedará para convertirse en una especie de testimonio, crónica o tesis, donde cada uno encontrará o dará el sentido o explicación, que de acuerdo a sus luces irá dejando sobre ella.

Hay sitios, tan remotos a veces, donde la explicación no llega. Porque toda gran contingencia tiene su cosmogonía que sólo algunos privilegiados son capaces de descubrir. Esos se instalan por derecho propio en la cima, desde donde siguen la huella de los tiempos.

Como si algo apremiara y, para indicar la novedad revelada, surgió el número. Un número cifrado, mejor dicho, una cifra sin mayor importancia en el terreno de la numerología. En el transcurrir, fue adquiriendo título de identidad. Un número que ha pasado a convertirse en el indicador de un suceso, historia, leyenda, premonición, encuentro y aparición de un nuevo signo. Un significante que de anuncio pasó a ser instrumento: luz, fecha y referencia. A partir de ahí, comienza la entropía. Y así, como es de abarcador el significado lo es el significante. Y para que el análisis no sea fortuito y la intención no se pierda, los símbolos o signos que representan el acto, son 2, pero para indicarlos y sustanciarlos, tomando por separado la existencia real de los elementos, nos llevaría a otra propuesta. Sería 1.1, es decir, las Torres Gemelas. El 11, que es también el día del suceso indicaría fenomenológicamente una verdad incuestionable, sin importar lo que hay de lógico o ilógico en el análisis. La progresión matemática sería: más, por, entre, menos, igual a. Todo esto es posible, lo que daría lugar a un gran aserto, pero de todo ello lo que persiste es el caos y este es lo no lógico, el no-planteamiento de un estado de cosas dominado por las circunstancias, es decir, por una nueva realidad ignorada hasta entonces y que como es natural, el modo de superarla aún se desconoce.

Entropía en Manhattan, pasa del testamento al testimonio. Es el anuncio de un despertar, no apocalíptico, sino una especie de catocrisis. Es decir, la crisis de una época, o caos de crisis, surgido de la necesidad de encontrar un punto de encuentro entre las diferentes ideologías, credos y puntos de mira entre todos los hombres de la tierra. Atrás, como recuerdos de la historia, deben quedar los reinos y reinados, las dictaduras y dictadores, los terrorismos y terroristas. Un mundo global para ser compartido no un mundo globalizado para ser repartido. El encuentro se ha de hacer de adentro hacia afuera y no a la inversa. Borrar las diferencias y las fronteras, los caldos de cultivos que se gestan a espaldas a la sociedad, que el poder instrumentaliza, utilizando so pretextos la democracia. Creando las alianzas de las armas, punto de partida para la guerra, que incrementa el hambre, el dolor, el sufrimiento, la miseria; en fin, todos los males del planeta.

Las distintas culturas deben de encontrarse para fusionarse y enriquecerse, no para destruirse. El concierto de las ideas debe girar en sentido creador, no destructor. El arte ha de regir como focalizador de campos, porque es el que anuncia; ese ha de ser su compromiso. La política juega en el otro bando. Busca agregados y añadidos a la demencia. De hecho ya lo es. El arte equilibra, anuncia y actúa, luego trasciende, porque su acción iluminadora es la que nos indica el rumbo.

Félix Muyo es un artista surgido de sí mismo. No está en las fronteras ni en el horizonte de las cosas, anda en el centro, en el vórtice de los sucesos que afectan a la humanidad. Él es parte de esa humanidad que a marcha de vértigo reclama un mundo mejor, por eso: mirando, observando, avizorando, diría yo, a través del tiempo, descubrió e hizo suyo el lamento de otros o de todos, quizás. Muerte, destrucción, gozos y sombras; la humanidad entrando y saliendo en la escena fatídica; insegura, temerosa, tenebrosa, vengadora y enferma, prisionera por las cadenas de la ignorancia o la ignominia de otros, de esos, los dueños del poder.

Su paleta gira en busca de un orden estético fuera de toda eventualidad, porque no niega ni afirma nada, con eso ratifica y programa lo que hay de plausible en la expresión o conjunción creadora, que parte de la propia dinámica del ser. Su obra es una fiesta de luz, un canto a la vida y una declaración de paz. Nos llama a la cordura, al uso de la razón, a enmendar y enaltecer la justicia.

Color y asombro se emancipan de todos los augurios, porque es el augurio mismo, que va de la cábala al sueño y de ahí a conformar, desde lo inverosímil, el techo de la realidad. Son líneas anunciadoras, donde el color se anima a entrar para marcar los límites que les anuncia la luz.

Los soportes de fe: Islam y Cristianismo, acuden en planos superpuestos para enfrentarse y conducirse ha un destino incierto y a esa fe se anteponen las armas; marcas convulsas de la psiquis del poder. Y aunque subyacen en uno y otro lado los opuestos, y aquí y allá el caos hace su reino, en el fondo hay una expresión o un canto a la esperanza.

Muyo hace una diferencia, pero no separa ni pondera, sabe que todos somos una misma cosa. Que existe una igualdad sin igualitarismo y que la razón no puede ser absorbida por la ambición.
Espera del hombre y de la vida, un encuentro desde y con el amor, donde se hagan gemelas la paz y la igualdad, teniendo en cuenta que, el respeto al derecho ajeno es la esencia de todo proceso. La equidad y la luz conforman los resortes. El equilibrio genera el fuego, no como elemento, sino como actante, y es ahí, donde el aserto se convierte en hallazgo. La expresión es el hombre. No hay antes ni después, todo es ahora. Pero no está mal señalar desde el centro o desde los extremos los cuántos, que pretenden entrar en el horizonte.

Entropía en Manhattan, fue gestada y creada en la mente del artista mucho antes que ocurriera el suceso, esto hace grandes a ambos: al creador y su obra. Él la intuyo, la soñó, la visualizó. Ella, la obra, vivió con él, lo perturbó, durmió dentro de su propio sueño y salió a la luz, como todo nacimiento. La nombró Entropía, pero en el fondo no sabía por qué. Y él, tan agnóstico, se preguntaba a veces, ¿será posible que esto haya nacido de mí por obra y gracia del divino paráclito? Después fue el gran silencio y vino la respuesta o parte de ella, porque aún faltan muchas cosas por descubrir. De momento, esperamos el reconocimiento. La puesta en marcha de esa esperanza, de esa luz avizora, de la que, para mal o para bien; todos formamos parte.



Ogsmande Lescayllers.
Madrid, 20.09.02



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