domingo, 18 de julio de 2010

texto y fotos Ogsmande Lescayllers, del libro "La esencia de la tierra".




















LA ESENCIA DE LA TIERRA.
Para Blanca de la Caridad Acuña.
"A nadie te pareces, desde que yo te amo".
Pablo Neruda.

Ella es, la esencia de la tierra.
Perdura en mis deseos,
Habita en mi alma,
Es un lago apacible en mi memoria
Que hace el edén perfecto de mis ansias.

Tejida entre mis sueños como un nido,
Huele a madera verde
Y es tan tierna,
Que los frutos del bosque la cobijan.

Las flores son quizás,
Menor que ella,
Porque sus ojos claros como el aire,
Me indican el naciente y el poniente
Y se hacen horizontes en los míos.

Su paladar,
Sus labios,
Sus palabras,
Con silvestre intensión me besan hondo;
Más hondo que la vida y sus afluentes,
Y es tan real
Su gana de quererme,
Que se aclimata en mí,
Como una niña,
Aquí en mi corazón y en mis sentidos.

Besarla y sostenerla,
Hacerla mía,
Sobre el hervor del tiempo y la memoria,
Sabedor de los vértigos del alma,
De la distancia entre mar y tierra
Y un espacio carnal como sus labios,
Que arden sobre los míos brutalmente.

Siempre nos queda dios,
Cuando la ausencia
Se interpone en la senda que llevamos.
Ella es mi melodía,
Yo le canto,
Canciones y poemas hechos alhajas,
Finos como la seda,
Más dulces que la miel
Y más hermosos,
Que las constelaciones de mis sueños.

Ella es y será la esencia de la tierra.
La quiero así, vestida de aguinaldos:
Frutal en mi ansiedad,
Lumbre en mi almohada,
Echada sobre mí,
Con tal perfume,
Que el néctar de su olor
Amaina el viento de este huracán,
Tan de los dos;
Tan mío,
Tan de nadie,
Como este amor sin nombre ni fronteras
Que habita entre nosotros
Y es tan nuestro,
Que sólo ella y yo lo conocemos.

sábado, 17 de julio de 2010

Texto y foto Ogsmande Lescayllers, del libro " La esencia de la tierra"

Mosaico sirio.
ESTELA IMAGINARIA.
Para Blanca A. Chávez,
Tu vocación de túnel, horizonte y montaña,
Alargan tu silueta cuando vas por las calles.
La ceniza se enreda, se adhiere a tu cintura
Y el mar desencadena una tormenta de olas.

Las sombras se deshacen cuando la luz retorna
A las cuñas del tiempo donde la luz renace.
Allí lo que es antiguo se vuelve primavera
Y la estación del viento levanta sus pizarras.

Más adentro, las voces de la melancolía,
Danzan entre las flores que trae la madrugada,
Para que cuando lleguen los días del encuentro
La voz tenga sonidos y aliento la palabra.

Las perchas, tan de modas, para envolver conjuros,
Atávica leyenda de lo inconmensurable;
Pétalos perfumados que se hacen manantiales,
Para poblar la tierra de ríos subterráneos.

No al dos que hace de tres y representa al uno;
Sí, a ese uno imperfecto que responde por todos
Y cuando el mar engendra caracolas y arbustos,
Las olas se sumergen para bailar con ellos.

Tú eres la piel trenzada de tantas Patagonia,
La escala arborescente de tantas lejanías,
El silbo permanente de tus palabras sueltas,
La cálida sonrisa y el álbum de la vida.

Tú concilia el silencio, la ausencia, la distancia,
Desde tu florescencia el sol tiende sus brazos
Y moja tus cabellos con los óleos del viento,
Cuando los arco iris te van acariciando.

Todo amanece en ti,
Como una flor temprana
Tu vocación es vida;
Tu luz, la madrugada.
Los pies que te signaron andan sin dejar huellas,
Tu huella es la ternura que construye palabras.

Cómo no alimentarme con el pan de tus labios,
Si tu boca es un cántaro de fresca leche que alza,

Los resortes del mundo,
Que hacen mis noches claras.

Texto y foto Ogsmande Lescayllers.

PEÑÓN DE GIBALTAR.






ALGO HAY DE LARGO EN MÍ.

En la te de la cruz,
Horas dormidas,
El viento dilapida otro concepto.
Ya nada es igual,
Ya nada queda
De la marca cifrada en la escritura.
Del clavo y el cincel en la madera;
De la estancia que ayer era un sepulcro.

Al tiempo le han quitado voz y mando.
El tiempo ya no es lo que era entonces
Cuando todos creían en los milagros
Y la palabra dios,
Se colocaba encima de los hombres.

Hoy la palabra hombre es un desmarque,
Una especie de sombra o un fetiche
Vacía de autoridad y de concepto,
Desde que el hombre se hizo mercancía.

Duele y apesta el mundo.
Tantos muertos
Insepultos y ahogados en un hoyo.
Tantos vivos muriendo a quema ropa,
Porque las armas matan sin preguntas.

El mundo apesta,
Duele y se deshace
Bajo la luz de un sol melodramático,
Que nos coloca en llantas sobre el vértigo
De un mundo que se va quemando solo.

Muerta la libertad en dos palabras.
Las justicia borrada de un plumazo,
Las voces censuradas al instante.
La palabra sin eco ni conceptos
Secuestrada en la puerta de la boca.

La luz medio asfixiada por las sombras
Se arrastra hacia el hades moribunda,
Marcada por los pasos del silencio,
Que le prohíbe andar y hacerse verso.

Nada nos queda de aquella transparencia
Con la que amanecían nuestros sueños.
Lo que ayer era grande hoy es pequeño,
Frivolidad de incienso y pasarelas,
Melismas de carbones en la lengua,
Índicos de pupilas y cartones
O de algodones recién desvencijados,
Contra la voz neutral de los que sienten.

Como duele pensar y hacerte hombre
Para que luego un necio te repela,
O autorice tu marcha hacia el exilio,
Donde vas a engrosar las estadísticas,
De los que se alimentan de nostalgia.

Cuánta luz,
Cuánto amor cabe en el hueco
De tu mano derecha o de la izquierda,
O en el campo estelar de tus ideas
Que se quedan varadas, bajo mínimos,
Donde nadie te escucha ni te entiende.

Frivolidad del mundo que sospecha
Que con la muerte todo está resuelto.
Frivolidad del vivo que imagina
Que al desterrarte resuelve sus problemas.

Algo hay de largo en mí,
Más, las palabras,
Aprendidas de siempre en mi memoria,
Van a destajo ardiendo por el mundo,
Proclamando la vida en todas partes;
Pidiendo libertad,
Prendiendo antorchas,
De justicia y amor para mi pueblo.


miércoles, 23 de junio de 2010

FOTOS Y TEXTOS DE OGSMANDE LESCAYLLERS, ARTÍCULO TOMADO DE "EL XORNAL DE GALICIA".






















CUBA: LA ESENCIA DE LA TIERRA.
Por: Ogsmande Lescayllers.
“De altar se ha de tomar la patria y no de pedestal para erigirse sobre ella”. Dijo José Martí, el hombre de la Edad de Oro.

A los que, por una u otra circunstancia nos ha tocado vivir fuera o lejos de la patria que nos vio nacer, si retornamos a ella sentimos en nuestra mente el peso de las voces y la fuga de un tiempo que ya no volverá. A partir de entonces hay que reencontrarse con uno mismo y con los demás, porque es muy importante para todos, no sentirnos excluidos ni exiliados de uno mismo.

Podemos o no, los unos y los otros, los de adentro y afuera, tener o no razón en cuanto a las ideas o ideales que cada cual profesa. Para mí, desde siempre, lo que importa es la patria. En mi acción por identificarme con ella o defenderla, radica mi soberanía. Soberanía es derecho; razón más que suficiente para sentirnos comprometidos a evitar con nuestra acción cívica y democratizante, que la patria enferme, viva y muera, sin que seamos capaces de curar sus males.

Los enfrentamientos, padres e hijos de la violencia jamás nos conducirán a un buen puerto, porque las piedras nunca dejaran el camino expedito al libre tránsito de las cosas. “Trincheras de ideas pueden más que trincheras de piedras”. Nuestra acción consciente, en todo momento ha de hacerse con arreglo a la lógica y a la razón, porque la fuerza no es el modo de erigirnos en hombres civilizados, sino, y eso sin mucho andar, en bestias de cargas.

Pienso que Cuba nos duele a todos y, lo que pasa allí tiene y debe ser siempre, si realmente queremos resolver el conflicto que nos separa, un asunto de todos los cubanos.

La mano o la idea externa pueden ayudar, por ende, no deben ser rechazas, sino puestas en la suma de nuestros intereses y en las cosas grandes, útiles y provechosas que debemos hacer.

Un arreglo civilizado siempre es el resultado más oportuno para los que desean justicia, libertad, derecho, democracia o amor, la fina tela que se teje con la lana gruesa, jamás deja de ser de lana, sencillamente su grosor es distinto.

Los que vemos o sentimos desde afuera las cosas que están ocurriendo adentro, no tenemos por qué ser amigos o enemigos, de los que, desde adentro, o viceversa, llevan sus modas y sus modos. Lo cierto es que, como tenemos una patria compartida, tan de ellos como nuestra, tenemos derecho a criticar, sin zaherir a nadie, sobre todo, cuando lo que se quiere, pensamos nosotros, y es lo que necesita la nación, hacer juicios de valores.

Cuba es un paraíso verde, aunque algunos la ven, quizás por sus miopías o falta de visión, como un desierto. Pero en honor a la verdad, cada uno ve lo que ve y siente lo que siente, suponemos que tendrán o no sus razones para ello.

Hablo de Cuba, mi patria, “la tierra más fermosa que ojos humanos hayan visto”, al decir del gran navegante genovés, Cristóbal Colón.

Hablo de la patria de todos los nacidos en Cuba, estén adentro o afuera, por que la patria no es un pedestal sino el altar de todos. Y, a ese altar debiéramos ir y estar todos, sin distinción, a la hora de orar o defenderlo. Defenderlo con ideas nobles hijas del corazón. Con palabras limpias hijas de la fertilidad transparente de la imaginación, sin el más mínimo signo de engaño, apropiación o tozudez, porque la voz de un hombre, o un grupo de ellos, jamás puede ser más limpia que la voz de un pueblo.

Yo quiero, a todos los nacidos en Cuba llamarles hermanos; no obstante conocer la leyenda de Caín y Abel. Creo que nosotros, los cubanos, hombres civilizados, estamos y debemos estar por encima de esas miserias humanas y vivir con arreglo a nuestros tiempos, en la idea de la fraternidad, el respeto mutuo y el encuentro.

Sabemos que no es fácil luchar contra molinos de viento, como tampoco se le hace fácil al viento derribar los molinos. Mejor es ir sin iras hacia las cosas. Mejor será, para la patria, acariciarla que empujarla, construirla que destruirla.

Hasta que Cuba no sea un sueño compartido por todos los cubanos; hasta que todos los cubanos no dejemos a un lado nuestros odios y miedos y, nos sintamos servidores y no apoderados. Hasta que no olvidemos, unos y otros, que la patria es un altar y no un pedestal para erigirnos sobre ella en amos y señores, hasta entonces y no antes, no veremos ni sentiremos que existen días y noches y que el único y verdadero sacrificio que tenemos que hacer para unirnos, es entender y comprender nuestras diferencias, porque para bien o para mal, cada palmo de la tierra que nos vio nacer, como nosotros, los nacidos allí, también tiene sus contrastes. Sin embargo, ella nos da, sin guerrear con nadie, un espacio de vida, identidad, sustento y alimento.

POEMAS DE AMOR. TEXTOS Y FOTOS DE OGSMANDE LESCAYLLERS, DEL LIBRO "LA ESENCIA DE LA TIERRA"






















DESEOS.
Para Blanca Acuña Chávez.
Yo quiero que tú aprendas
A escribir en las aguas los nombres tuyo y mío.
Y que cuando las olas arrecien sobre el puerto
Nuestros nombres se queden grabados en la arena.

TÚ Y YO: NOSOTROS.
Nadie va a separarnos;
Sólo Dios y Él no quiere.
Aquí estamos danzando en este puente
Que es un punto de encuentro,
Que el milagro,
Sostiene entre tú y yo
Y, desde arriba,
Nuestros pies buscan tierra
Y se acarician,
Con tanta melodía como la brisa.

Nada va a separarnos;
Nadie puede
Destejer este nudo misterioso
Que surgió del concierto de tus ojos,
Del dictamen dorado de tus labios
Y el asombro estelar de mis palabras.

Este amor llegó un día a nosotros;
Se hizo camino y sol,
Sol y camino;
Metáfora de sangre y sentimientos,
Estala de deseos,
Lumbre y ternura.
Por eso estamos aquí,
Desde ese instante,
Atados como un soplo
En la esperanza.

SIENTO.
Siento el ruido del mar,
Las golondrinas que cercenan el aire.
El hondo escalofrío de la puerta
Cuando llego a la casa y no te encuentro.

Siento ganas de asirme,
De envolverme
En el magro celaje de la noche,
Con vientos de galernas y epicentro
En medio de mi pecho emocionado.

Siento venir la nada y refugiarme
Bajo la lana fría de mi almohada,
Sacar las mantas y salir volando
Hacia ti, si es posible,
No importa cuan remoto te encontraras.

Siento los almanaques y las flores,
El tiritar del aire en mi ventana,
El filo de la luz cayendo en puntas,
O la quiebra indecisa de las aguas,
Matrimoniadas con mis pensamientos,
En un patio lejano de mi infancia.

Siento y presiento tu nombre en la madera.
Las termitas mordiendo las paredes.
El arco iris asunto a mis preguntas
Como si el pensamiento me arrastrara,
A mi ciudad natal donde me aguardas,
Con un arco de luz en la mirada.

Siento el remo fecundo de la brisa
Golpearme despacito los instintos.
La melodía de los singladotes;
La pestaña del juez, dictaminando,
A qué altura del yo van mis preguntas.

Siento que ella me falta y que la sueño
En todos los instantes y a esta hora,
Cuando allá dan las doces de la noche
Y aquí tocan las seis de la mañana.

Siento y me reconforta despertarme
Con ella en el recuerdo, como un salmo.

YO QUIERO QUE TÚ SEAS.

Tengo un fardo de vida en mi costado izquierdo.
Y siento como llegan las voces del planeta
Las luces de la tarde se anuncian como ráfagas
Cuando en fuga hacia el alba intento acariciarte.

Por más que intento ser,
Todas las religiones me parecen un parche,
Por más que me confirmo en mis feas creencias
Hablo de dios y exijo más bondad a los hombres.

El amor tuyo y mío es un amor de esencias,
Perdurable en invierno en otoño y verano.
La primavera existe porque tú y yo existimos,
Nuestra vida es signo de luz sobre la tierra.

Yo quiero que tú seas manantial en mi boca.
Agua fresca en mis labios,
Canción en mi garganta,
Música en mis oídos,
Horizonte en mis ojos,
Reposo en mi cansancio,
Lírica en mi guitarra
O un corazón sin fondo
Que lata junto al mío
Y que el amor nos sirva
De nido, cama y casa.

Yo seré para ti todas esas razones
Y si faltara alguna yo la pondría en tu almohada
Y sería tu perfume,
La horquilla de tu pelo,
El creyón de tus labios,
Tu libertad de tu alma;
Yo te haré tan del mundo
Que sólo tú y la noche,
Tendrán como aposento las luces del planeta.

APARICIÓN.

Hoy, sin imaginarlo te encontré en el espejo.
Tu postura desnuda desafeo mis instintos
Y yo salí corriendo como un apóstol virgen,
A tragarme el deseo que me ofrecías.

Fui hacia ti sin pensar,
Besé tu boca,
Juntos nos sumergimos en la vida,
Hasta quemar los lienzos de la noche
En la fértil alfombra de tu vientre.

Tus ojos verdes aún me están mirando.
Están de primavera todo el día
Y de noche son luces de luciérnagas
Que navegan conmigo hacia la vida.

Ya allí no está el espejo,
Ni nosotros;
Pero en todas las partes de la casa,
Tu rostro está grabado en las paredes.
HOY ME FALTAS.
Este inventario,
Donde sólo es posible hallar tu nombre
Ajeno a quien lo escriba o lo pronuncie.
Ajena a los deseos, la ortografía
Se cuela entre los dos, como una pira,
Prisionera en el tacto de mis dedos.

Al derivar al centro, mis preguntas,
Fúlgidas se me van como un relámpago
A enterrarse en el centro de mi pecho;
Pero después nos llegan las caricias
Que vienen desde ti, como espirales,
A interrogar las horas del encuentro
En un cardumen de ramas adventicias.

Pliso y deslizo mi voz por la pendiente
Y por tu vientre subo hasta la vida,
Para entrar en tus labios gratinados,
Frutal como la cúspide de un sueño.

Nada es ajeno hoy, cuando me faltas.
Aprendimos a amarnos en silencio,
A cubrir y encubrir nuestros deseos,
Cuando la manga del tiempo nos llevaba
Sobre un marcado pliego de palabras.

Hoy me faltas,
Lo sé,
Pero eres mía,
Y aunque me estás faltando tu presencia,
Tu cuerpo se me anuncia en el recuerdo,
Cuando tus labios y tus senos cantan
Y toda tú, eres un sol en mis sentidos,
Materialmente anclada en mis deseos.

AMOR SIN TIEMPO.

Neurálgico al voltearme,
Vuelvo al centro,
Matemáticamente enamorado,
Sin otro apelativo
Que su boca,
Sus ojos, sus palabras
Y otros puertos,
Que no quiero nombrar
Porque son míos.

Sólo ella y yo, sabemos el misterio
Que un día incubé en un sueño,
Y,
Mucho tiempo después,
Me encontré sumergido en el milagro.

Dragué su fértil vientre,
Acaricié sus senos,
Aligeré mi carga entre sus piernas,
liberé mis deseos,
Hasta perderme,
En un suave concierto de preguntas.

Bajo los mangos del patio de mi casa,
O allá, sobre un balcón,
En la cascada,
Donde legamos nuestro amor al tiempo,
El tiempo nos legó sus manos, Blanca,
Como la espuma que el mar pone en la orilla,
Para rodear la arena de caricias.

Ahora esa inicial se me hace un verso,
Un mapa de deseos,
Un sueño largo,
Como el día incidental que nos amamos,
Que no tuvo final
Sino comienzo,
Del todo, y en los dos,
Que está empezando,
En cada instante de nuestro amor sin tiempo.

lunes, 5 de abril de 2010

Foto y Textos de Ogsmande Lescayllers (Venecia, Italia)

TRATADO SOBRE LA INSOLENCIA.

Si somos la pregunta y la respuesta,
por qué ir respondiendo y preguntando.
Si nada somos
y al fin, somos el todo,
por qué intentamos jugar al escondite.

El hombre siempre ahí;
siempre de parto,
cifrando y descifrando,
escarbando en la tierra,
midiendo caracolas,
dictando y editando sus propias falsedades,
sus ideas ilógicas.
Dando pasos encimas de otros pasos,
marcándose o marcando;
por si acaso.

Y la virilidad,
estrecha manga
novicia de otros sueños,
o tan indefinida como el tiempo
cuando al caer sin luces ni gobierno,
volvemos a perdernos sobre un triángulo.

Y la imaginación, pobre indigente,
que se arruina pensando,
cavilando,
con las luces del mundo apagadas
o a media luz, para que no la encuentren.

Y el yo como un timón,
dando corcovos,
sobre las pasarelas de la vida
como alguien que inaugura dos preguntas,
para intentar sacarte mil verdades.
Pero nada es así,
nada es tan fácil,
como piensan algunos comediantes
que escriben thrillers,
filman,
montan sus acrobacias
en medio del bullicio de la gente,
como si todo el mar fuera una gota
y esa gota en reflejo en las arenas.

Ah,
soledad,
tan mía,
qué a punto llegas,
cuando se van cayendo los esmaltes
de estas asas
que ato en el asombro
de la melancolía
con que a veces,
yendo de barlovento a sotavento
descubro en el ojal de mi chaqueta.

No es de dios ni con dios
sino conmigo,
con quien la emprendo en serio cada día.
No es con nadie sino con mi silueta
que sustituye lanzas por palabras,
estampidas por hálitos y alumbres:
manos como las mías,
fuertes y alertas,
que no entran al fuego ni se queman.

Vivir, a tiempo en el destiempo,
cuando se desajustan las miradas,
y las palabras caen como pregones
en medio del bullicio de la plaza.

Ser el último ser,
no tener casa,
no
nada en fin,
donde el dislate
se agota hasta unos límites posibles,
en la fiebre que a veces
nos engulle
como un hombre de trapo que se lanza
a la hoguera del los tiempos;
y,
para qué querer darse de héroe,
cuando nadie te aplaude
y tú te incendias
fraternalmente en tu propia sombra;
como un pez que metido bajo el agua
muere de sed,
por no tener sentido.

Ni dios ni el ser;
qué hacer,
para decirles,
que el tiempo es tan movible como el agua
y que la luz está bajo tu manga,
queriendo iluminarte y no la dejas.

SIN SEÑALES DE ÉL.

Se me ocurrió escribir
en un muro que había frente a mi casa
dos palabritas tiernas:
amor y libertad.
Pero los que limpian las paredes
vinieron a borrarlas.
Cuando se fueron,
regresé de nuevo,
las escribí,
ahora en letras grandes,
para que vieran
que tras ellas, habían plantado un pueblo,
y que el que las escribía
era un suicida amigo de los hombres,
que vigilaba a los que las borraban
y las volvía a escribir con más ternura.

Todos los días era el mismo ritual:
uno escribía
y otros las borran,
hasta que los limpiadores dieron parte
al gobierno
y éste mandó a sus ejércitos,
para indagar
quién era aquel sujeto,
que ponía palabrotas
detrás de la comisaría,
donde dejaron detenido,
por culpa de los limpiadores,
al escriba y sus sueños.
Desde ese día,
nadie más ha pintado la pared.

LAS PALABRAS PROHIBIDAS.

Hay tantos que se callan,
entonces nos parece que el silencio gobierna.
Tantos pasan callados
a la altura de un sueño,
a nivel de la calle
o en cualquier dirección,
en un silencio sin fondo o sin fronteras,
hasta que te percatas,
que alguien te está observando
por si intentas hablar,
frente a esos que callan.

Yo iba indiferente por las calles de antes.
Por allí habían pasado mis abuelos
y mis tatarabuelos
hablando y canturreando sus canciones.
Yo quería hacer lo mismos
y puse por delante mi apellido
y algunas credenciales de mi infancia
o aquel viejo laúd,
con el que había aprendido
a entonar mis verdades.

Silenciado por tierra y por el aire,
silencio por los codos,
por las intercepciones de las calles,
en tres letras sin sílabas
y por la fe de erratas,
en un código roto sin dominios.

Alguien pasó callado por mi puerta.
Yo salí a saludarle cortésmente;
un guiño fue bastante,
para no aproximarme a donde estaba.
Un guiño frío y tierno como un sueño
que después despertó y se hizo relámpago;
cayó a mi lado sin decirme nada,
sin anunciar que ayer
como hoy estamos solos.
Solos;
terriblemente solos,
Como una herida que mana de la tierra.

Miramos sin mirarnos.
Hablamos sin hablarnos;
nos hicimos incondicionales
y empezamos a pedir,
a pecho abierto,
un sitio con derecho a la palabra.

Nos lo negaron en el primer instante;
después nos mutilaron despacito
no fuera ser que alguien despertara
y se quitara el bozal que le pusieron.

No hay más,
me dije yo,
pobres palabras,
que entran impronunciadas al silencio
y las van degradando poco a poco
hasta hundirlas de bruces en el cieno.

Pobre de mí,
me respondió el silencio,
confuso entre verdades y mentiras
al no tener un sitio donde oírse,
o donde ir a jugar con las palabras,
que los censores acallan por decretos.

sábado, 3 de abril de 2010

Fotos y Texto de Ogsmande Lescayllers.


ÁGAPE.
Para Borja Capote.

Esta hora indómita, de relojes pétreos,
de cáscaras fuertes
y calcomanías,
tejidos de un verso,
ideal de un sueño;
despertar del tiempo,
cálida sonrisa.

Las sombras se alargan
sobre las montañas
y en la horquilla verde de las marejadas.
Mis sueños cabalgan hacia el horizonte
y mis pasos vuelven de nuevo a la casa.

Desde un arco iris, descubro mi infancia
y amanezco dentro sobre mi guitarra,
destejiendo el mundo en leves compases;
buscando de nuevo las voces del alba.

Me encincho el recuerdo,
afeito mis ansias,
cabalgo en las grupas de la madrugada,
escarbo la tierra y le doy un beso;
la tierra me besa y me da las gracias.

Esos días de antes,
son estos de ahora;
aquellos y estos nos dan su fragancia.
Sin embargo, el hombre,
aunque es otro hombre;
sigue acurrucado tras de la ignorancia.

Esta hora indómita
de indómito aliento
cabalga conmigo;
se desnuda el pecho,
columpia su nombre,
se cuelga en los ecos,
clarifica el agua
y deja un relámpago pegado en mi aliento.

Sólo en el silencio
con mi soliloquio,
silbo y disimulo.
Si me solicitan,
me hago sol y salto,
solícitamente
como un celentéreo.

Esta hora indómita;
me sirve de sueño.
Me sirve de casa;
pero mis amores están allá lejos,
sobre el Mar Caribe,
donde las mareas tejen una danza
y el pie de la luna nos rasca los sueños.
El eco del viento nos trae serenatas.

Indómito yo,
fulgores del alma;
ella me hace un ágape,
tejido en palabras.




Foto y texto del libro de Ogsmande Lescayllers, "Cada semilla es un deseo".

C IN EXTREMIS.

Estiro el brazo para alcanzar el índice
y llenarme de aquello que habita la otra orilla.
Apuro, como es lógico,
todas mis añoranzas.
Con gran impulso
vengo, me levanto,
construyo puentes
sobre gigantes planos
y configuro espacios en la tierra.

Hay poco verde aquí;
todo está muerto.
Veo que pasan insectos voladores,
hombres armados,
que de pronto han dejado de ser hombres;
animales de guerra con fusiles al hombro.

No digo adiós,
para que nadie sepa si marcho o si regreso.
Y si es posible,
me aparto del concierto
donde premian a los bufones de la feria;
tal como son,
seres vacíos,
injertos de estos tiempos.

Sólo sé que estas son mis luminarias:
un pedazo de luna en cada brazo,
una estrella adyacente en cada mano,
un pecho que nos guarda de los truhanes,
una estación que asume todo el humo
de esas calaveras ambulantes.

Hay que esperar.
Después pasará el tiempo
cuando el olvido llegue y tome el reino
y esas voces que fueron elegidas,
sigan sin levantarse o sin hacerse,
sin una esquela, en los estercoleros.

Sentir como te agotas viendo al muerto,
oyendo a los premiados
y a los jueces,
en un panel de súbita ignorancia
al margen de las voces,
que la vida,
pone a crecer a lo ancho del camino
sin que nadie le ofrezca una limosna.

De ofrendas y ofendidos los galantes,
pájaros a la altura de los buitres,
fiebres de la pleamar a media noche,
cuando se conjuraron las raíces
para forjar un nuevo plenilunio.

No habrá más ni será;
sólo el comienzo
del que aspira nacer fotografiado,
fotostáticamente revestido
de ideas intemporales
bajo el yugo,
de su misión de esclavo ante los hombres,
que van sin laminar sus días de alientos.

Mal el detrás,
que pisotea al de adelante,
el que viene lanzando sus corcovos
sobre esa línea donde el sol no llega
y pasa deslizándose por dentro.

Del taco al tenedor,
la lengua inserta,
como un guiñapo
que sube a los estrados,
a salmodiar su última conquista
como todo bufón caído en suerte,
confiado de sus dotes acrobáticas.

Nada hay de más,
cuando salen los menos
a refrescar el sitio de partida,
donde todos debían grabar sus nombres,
o despejar, antes que sea la vida,
quien le traiga la cuenta y los impuestos.

Todo reino en el fondo es algo irreal.
Se vive muy de prisa
y es por eso,
que se premian a necios y tarados,
que otros necios,
más necios
que esos necios,
van de jurados sin juramentarse.

A veces sin saber se oye un disparo,
después, queda un silencio manifiesto;
tras el silencio, suele ladrar un perro
y luego,
cuando la tierra queda en vilo,
salta un relámpago detrás de la frontera
para decir que aún hay esperanzas.
A partir de ese instante;
el hombre árbol
cansado de ser árbol,
sale volando o se lanza al mar,
allí, sin más,
se hace una semilla,
porque anhela saber que es mundo.






Poema tomado del libro de Ogsmande Lescayllers, El ritmo del silencio. foto: Catle-romeo

MAREA ATÓMICA.

Todos quieren ser fuertes;
todos quieren.
Descuelgan las marañas de este mundo.
Hacen de un parpadeo la vida eterna.
Llegan y te convierten en objeto,
sujeto a ellos y a sus pretensiones.

Alarmas por las armas
van de muerte.
Alarmas por un paso hacia la cumbre
del arsenal atómico que guardan,
los poderosos debajo de la cama.

Tres,
con todo el poder
y algunos cuantos,
que guardan unas cuantas pesadillas.

Ellos sí pueden
los demás,
tienen prohibidos
tener refugios debajo de la almohada.

Ellos,
los poderosos,
quieren seguir guardando los poderes
y amenazan con asfixiar a otros,
que intentan potenciar sus arsenales.

Nadie, jamás,
ha prohibido las guerras.
Sin embargo, prohíben cruzar una frontera.
prohíben que proteste y que te exhibas,
en contra de la guerra y los poderes.

Las armas destructoras de los grandes
son para aniquilar a los pequeños.

Cada veinte mil niños desnutrido,
tiene una bomba atómica guardada,
en los arsenales del pentágono.
Cada niño asfixiado por el hambre
tiene un misil guardado en los Urales,
en la China, otro tanto
o en la India.
En Inglaterra o Pakistán, presentan armas.

En Israel,
el gran mutilador de palestinos,
las ojivas nucleares se almacenan
bajo las arenales del desierto.
Cada sionista, lleva un misil
pintado en la sonrisa.
Cada sonrisa es una marca de Caín que salta.

La Casa Blanca, como un ala de muerte,
Protege a sus incondicionales.
La casa menos blanca,
más oscura,
entre un hangar y otro se relame,
apostillando y descalificando
como un señor francés, que aspira al mando,
bacteriológicamente enamorado.

Por qué lanzarse encima del que busca
entrar al reino atómico y alzarse
como un dios, enriqueciendo uranio.

Por qué no desistir grandes y chicos,
de alimentar la industria de la guerra.
Con tanto mar por medio
y tanta tierra.
Con tanto cielo y tantos horizontes,
con tanta desvergüenza por persona
que ejercen el poder en este mundo,
tener que estar aquí,
desvencijado,
viéndoles levantarse en las tribunas,
para exigirles contención a un desgraciado,
que, como ellos,
quiere hacer de este mundo un basurero.

¿Con qué moral, un buitre carroñero,
puede pedirle a la carroña que no se arme?

sábado, 13 de marzo de 2010

TEXTO Ogsmande Lescayllers.


CONCORDANCIAS.

Cuando hago el amor,
La tierra se echa boca arriba;
El mar se pone irreverente
Y el cielo nos cobija.

Estas tres cosas grandes,
Se alegran de que yo cohabite y sienta.

Cuando hago el amor,
Amada mía,
El mundo es una fiesta
Entre mis piernas.




domingo, 21 de febrero de 2010

POEMAS DE AMOR. TEXTOS DE OGSMANDE LESCAYLLERS.












ALEJANDRA.
para Alejandra Esguerra.
Todo ángel es terreble.
Rainier María Rilke.
Alejandra, no es ella.
Es un susto arrancado de las sombras;
Omnipresente a veces,
Y otras espiritual como la lluvia.

No es fácil encontrarla.
Ella viene saliendo de la tierra,
Trae de sandalias el viento
Y por risa las piedras de Santiago.

Si le pedimos fuego,
Del recuerdo que trae de la montaña,
Saca un par de fogatas,
De madera maciza y luz verde
Y enciende la ciudad con un latido.

Si le pedimos agua,
Abre sus ojos claros
Y empieza a lloviznar sobre Santiago.

Y si el tiempo es de música
Y buscamos un romance en la yerba;
Alejandra, abre la boca, canta,
Y llena el universo con su canto.

Alejandra, no es ella.
Es un susto arrancado de las sombras;
Irritan los relámpagos de mayo
Y Alejandra amanece sobre el mar,
Tejiendo el mundo.

Hay un rito en las hojas,
Que Alejandra desteje con sus manos
Y el viento enfurecido,
Le declara la guerra a las hormigas,
Y Alejandra se va,
Y vuelve por la noche con la brisa.

En la playa, el coral
Espero su regreso
Para hacerle una fábula en su pelo.
¿Una fábula dije?
Porque Santiago duerme
Y Alejandra se ha ido con los duendes.

TERNAS LÍRICAS.

Luz, sierva de mis antojos,
Ajuar de mis sentimientos.
Hacia el naciente transitas,
Tierna luz, de mis deseos.

Aguas incontaminadas
Que remansan mis recuerdos,
Fiesta de mis pensamientos,
Senda que forma mis sueños.

La fina estela del río
Moja de luz mis recuerdos
Y hace canciones del soplo;
Hojas nuevas, frutos secos.
¿En qué punto de este dársena
He dejado mis arreos?
¿En qué región de la cábala
Se hace el aguado convexo?

Son tejidos mis amores.
Por que si tejiendo vengo,
Amores como estos lances,
En las crestas de los cerros,
No hay espina en esta casa,
Y entre silencios y arpegios,
De aguamanil y kiriales
De runas, rumbos y acechos.

Enrumbo los colorines,
El panal y los destellos
Y con la orquesta del viento
Encomparso mis deseos.

Y me quedo salmodiando
Mis versos de amor al viento.

YOHAIRA.
“ El que no ha visto la tristeza,
Nunca conocerá la alegría”.


Por ahí va Yohaira,
Anunciando el día con sus ojos.
Yo la estuve esperando
Frente a la puerta azul del colegio moravo,
Pero el torrente derramó su candor
Y se bebió mi calma.

Por las calles sin nombres
De la ciudad de Bluefields,
La gente va mascando sus manías.
Hablan en varias lenguas,
Pero sólo se entienden cuando piden pan.

En aquel campo azul,
Del que vine cargado de recuerdos,
Yo conocí a Yohaira
Y el origen más cruel,
De la miseria.
Bluefields, Nicaragua, julio de 1987.

HISTORIA DE UNA MUJER SIN NOMBRE.

Toda luna es atroz y todo sol amargo.
Arthur Rimbaud.

Como un pez, como un arco, como la muerte
En la escala de un sueño, ella, sin preguntarlo,
Giró hacia adentro, porque sabía que allí,
Entre restos de alfombras y recortes de prensa,
Estaba la respuesta que buscaba.

Nadie sabía su nombre, ni conocía su origen.
Quizás, por esas cosas difíciles de creer,
Fue por lo que llegamos a fabricarle un don imaginario.
En tanto, tropezamos con nuestras propias trampas,
Y el hallazgo jamás se hizo posible.

Hoy la veo, cubierta por los años,
Pero con el semblante
Y la mirada de una quinceañera.
Y no hago más que levantar las sombras,
Alborotar el fuego, o sacudir las redes
Con las que pretendían desterrarla.

Y me imagino el mundo y las tarántulas,
Corriendo bajo tierra,
O por la superficie de las aguas,
Conforme a los confines, donde saltan mareas,
Mangas de viento,
Hechas para arrancar las celosías;
O una partida ganada a contraluz,
Teniendo por delante un almacén de candelabros,
O mil antorchas,
Capaces de incendiar el firmamento.

Osiris no, esta vez,
Él ignoraba el dictamen de los dioses.
La profecía estaba en manos de la esfinge,
Y de un anciano,
Médico de faraones y hechicero del reino,
Durante más de cinco dinastías.

Ella sabía que todo era posible;
Que con la pluma de una garza real,
Dos varitas de mimbre,
Tres palmos de ceniza y un papiro,
Podía mover el mundo a sus antojos.

Esa fue la razón por la que vino,
Y aunque los cocodrilos tenían hambre,
Ninguno se movió,
La noche que se metió en el río,
Envuelta en una bata blanca,
Profundamente perfumada,
Con perfumes de Arabia,
Perlas de Doha
Y sobre los cabellos le crecían palmeras,
Cedros del Líbano, yerbas de los oasis.
Y hasta un nido de halcones le florecía en las cejas.

Era ella, lo sé, porque la vi desnuda.
Tenía su cuerpo metido en la aljofaina,
Como una espiga recién aparecida en el trigal
Y sus ojos de luz, tenían la expresión
De un mar de brasas, ribeteado de negro,
Donde de vez en vez,
Se descorría una sombra apocalíptica.

La flama y los augurios, el recuerdo vencido,
Y las palabras que repetían los muertos.
Esas eran las armas con las que contaban los profetas.
Los hechiceros y los duendes,
Remarcaban, sobre una gran pared recién pintada,
Los nombres más ilustres del lugar.

Pero cayó la noche
Y todo el firmamento quedó a oscuras.
Sólo se oía, en alguna ocasión,
Un trueno en la distancia.
Todos enmudecieron,
Las estrellas del cielo se apagaron
Y apareció la muerte en pañales.
Iba hacia donde ella la esperaba sentada,
Pintando una sonrisa para el anochecer;
Como si dibujara una aurora boreal,
O un amanecer de corazones.

Esa es la razón,
Por la que los nombres de los dioses
Quedaron grabados en una estela,
Bajo la sombra de una gran pirámide,
Que no ha sido descubierta todavía.

Pero hay otras razones que no digo.
Y no las digo, porque fueron cosas del amor,
Que es mejor no tocarlas,
Por si algún día despiertan,
Sigan vírgenes,
Como cuando fueron sepultadas.

La veo todos los días;
Algunas noches va y se acuesta conmigo.
Hacemos el amor bajo las sábanas,
Subiendo y bajando
Por entre los rescoldos de la tierra,
Por las quillas del viento,
O por la inmensidad del paraíso,
Donde toda sospecha es anulada.

Una noche me dijo que había quedado encinta.
Que tenía nueve meses naturales;
Los suficientes, para que una flor diera su fruto.
Palpé, indagué, busqué el fruto que anunciaba,
Pero no encontré nada,
Y nunca supe si lo que me decía era cierto.

Después salió volando
En una nube de espumas y hojarascas.
Se elevó, sobre el cielo, como un gran torbellino,
Y desapareció bajo la luz del sol un mediodía.

Cualquiera puede imaginar que esto es una fábula:
O que son invenciones de mi mente,
Que en medio de las noches solitarias,
Me da por fabular y hacer estas historias misteriosas,
Hasta que me descubran los psicólogos
Y me echen por vida a un manicomio.

Pero quiero que sepan los que lean esta historia,
Que pueden revisar mi testamento,
Donde dejo mis vienes, a una mujer sin nombre,
Para que lo reparta entre los suyos,
El día que el gallo del amor, cante tres veces.

HAZLO.

Hazlo verde en la copa.
Hazlo verde en el agua.
Hazlo azul en el viento.
Hazlo rojo en la tierra.
Hazlo negro en los sueños,
Entre sábanas blancas.
Hazlo que como te nazca;
Pero hazlo que vuele, que camine y que arda,
Con pies, manos y alas,
Con hélices, tendones y luces de bengalas.
Vigila, estate alerta;
Ensarta y desensarta,
La estación de los vientos,
Las crecidas del agua,
El vaivén de las olas que en la brisa se ensancha,
O el humo que se inserta en una nube lánguida,
Hasta que se deshace sin que sepamos nada.

Hazlo de coco y mango;
De limón y guayaba;
De azúcar y guanábana,
Con melismas y acentos,
Con voces y palabras,
Hasta que el higo verde, de la tierra madura,
Se nos haga rocío y moje tus pestañas.
Hasta que los ejércitos abandonen las armas,
Y hagan con los gatillos y los disparadores,
Un himno y una danza.

Espérame en la puerta,
Espérame en el río
Espérame en la calle
Espérame en la plaza.

Hazlo, no te arrepientas.
Hazlo como te hicieron,
Con dos pétalos blancos
Cuando despunte el alba
Y la luna menguante termine su jornada
Bajo el arco del cielo o encima de tu cama.

Hazlo por los nacidos
Hazlo para los muertos
Hazlo, para que sepan, que las cosas se hacen,
Aunque nadie comprenda ni una sola palabra.
ERÓTICA.

He construido mi casa en mitad de tu cuerpo.
El ombligo es el reino y más abajo,
Comienzan los enigmas.
Allí bajo a bañarme a esa región lacustre;
Allí saldo mis cuentas con mis ansias,
Con mis deseos y mi tormenta erótica.
Allí, como un reloj, marco las horas;
Largas horas sin tiempo que no terminan nunca,
O que jamás comienzan,
Porque nunca hay final en el deseo.

Vivo inserto en tu ombligo, donde tengo mi casa.
Navego como un pez sobre tu vientre
Y penetro en tu boca para acallar las voces
Y muerdo, tiernamente, tu cuello de gacela,
Y tus labios de pan queman mi boca.

Entro en tu pelo convertido en tormenta.
Me bebo el río de luz que hay en tus ojos
Y entro a la luz, para soñar contigo,
Entre las espirales y las cábalas.
Yo regreso a tu ombligo, es decir, a mi casa.
Donde tengo mi reino y mis demonios.

EPIGRAMA.

Qué lindo suena la palabra
DEMOCRACIA…
Es como si dijeras:
Demos, gracias.

DULCE Y TIERNA MUJER DE HIERRO Y MELODÍAS.
A Doralina, mi madre.

Dulce y tierna mujer, de hierro y melodías.
Tú que siempre has estado a la vanguardia,
Alzando tus retoños como la savia fértil de la tierra.
Desbrozando el sendero,
Para que no se quiebren tus deseos.

Hoy, bajo el mudo dictamen del silencio
Quiero cruzar los cielos y los mares,
Acuñarte en mis brazos
Como tú me acunaste en los tuyos.
Pero los hombres, madre, los falsos hombres,
Que habitan este mundo,
No dejan que tus manos y las mías
Entren en comunión como en los sueños.

Todos son imposibles.
Aquí y allá, los hombres te miran como a perros,
Te secuestran de facto, e intentan convencerte,
Que hay normas en la vida que no deben saltarse,
Aunque una madre enferma
Te esté diciendo adiós en la distancia.

Me gustaría poner en mi lugar
A esos hijos de madres…
Que cuando vas a ellos mostrando tus razones,
Te miran como a perros, ignorando tal vez,
Que a lo mejor mañana
Sean ellos lo que toquen a tu puerta,
Para relatarte su infortunio.

Madre, que lejos estás ahora,
En este instante minúsculo del día.
He abierto las ventanas y las puertas;
He levantado un poco las paredes,
He achicado también el horizonte,
La niebla del camino,
Los párpados del día y de la noche.
Y he comenzado a hilar con mis agujas
Las ternas frías de este exilio de sombras.

Pero a los hombres, madre,
No les importa el dolor ajeno.
Viven en la mentira y en el lodo,
Del miedo que provoca la verdadera libertad;
La que tú me enseñaste el día que me dijiste:
“Respeta y ama a tus semejantes,
No entres en política.
Sal de la algarabía
De los que buscan a Dios en las iglesias,
Y se olvidan del hambre y la pobreza
O del dolor, que hoy bien puede ser mío,
Mañana tuyo.
No culpes ni perdones que eso es cosa de Dios.
Záfate los miedos que haya en ti,
Sé fiel a tus ideas y, sobre todas las cosas,
Hijo mío, no te quedes dormido frente al mundo.
Que una vez te despiertes comprenderás,
Que tú y el Universo son una misma cosa;
Como un soplo de mar, como una idea”.

Bueno, ya te conozco y me conoces,
Tu hechura es la mía.
Quizás, por eso, es por lo que me duele tanto tu dolor.
Porque siento esta ausencia como una pesadilla,
De la que quiero despertar, pero no puedo.

Ahora madre,
Dulce y tierna mujer de hierro y melodías,
Quiero invocar a Dios, si tú me lo permites,
Para que una tus sueños y los míos.

CASIDA PARA ELLA.

Podo el viento y me quedo con su siembra.
Con esta miel fabrico la colmena.
Me desnudo en tu alcoba, te desnudas;
La danza del océano es la marea.

Vuelvo donde quedamos; te acaricio.
Hago hilos de aromas y cordeles.
Duplico los deseos sobre las hojas,
Y me quedo con ella bajo el agua.

Busco la perfección en lo imperfecto.
Rompo todas las piedras del camino;
Escarbo en los sonidos y en las sombras.

Reinvento al hombre, con huesos de la tierra.
Recorto aquí y allá, me quedo y vuelvo;
Como un ajiaco, en la sartén del viento.

ANTONOMASIA.

Me culpo de ser palabra.
Me culpo de ser silencio.
Me culpo de todo aquello,
Que amordaza mis deseos.

Me alargo y me quedo corto.
Me acorto y me quedo largo.
Me amargo y me vuelvo dulce.
Me endulzo y me vuelvo amargo.

Me columpio y me detienen.
Me detengo y me columpian.
Soy un objeto del tiempo.

Soy silencio y me hago bulla
Y cuando me vuelvo bulla;
Entonces es cuando callo.

AMODIO.

Te imaginas que ahora
No sean posibles las calles ni los parques.
Que el día se comporte como...
Y salgan de imprevisto de una región a otra
El dictamen y los sucesos,
Que van a través del aire y de los cables subterráneos.

Te imaginas que ahora
Te llamen con un pitazo desde la esquina.
Y se confundan el pitazo del amolador de tijeras,
Con el del vendedor de rosas
Y el muchacho travieso,
Con el pitazo imperativo y sugestivo del policía.

Te imaginas que ya no puedas soñar a piernas sueltas.
Que las parejas acarameladas,
Al filo de la noche,
Tengan que quedarse en el deseo
Y dejen todo a un lado para irse a otra parte.

Te imaginas que todos los colmillos
Se te claven de pronto en la garganta.
Que tengas que zafarte los caminos.
Que andes lejos en ti mismo.
Que flotes, a la intemperie,
Como un bosque de cedros.
Que se te cierre el puño
En una pesadilla repentina,
Como un canal que pasa despacito por tus venas.

Te imaginas que el tiempo se permute como un objeto.
Que no haya luz ni oscuridad;
Días, ni noches.
Que repentinamente te hagas estático
Y no seas una estatua.
Que las estatuas pasen frente a ti,
Y se rían de ti,
Y tú las mires indefenso;
Insensible a lo que está pasando a tu alrededor.

Te imaginas que dejes de comer y de dormir.
Que únicamente sepas amar,
Pero que nadie te haga caso.
Que viajes a lugares desconocidos.
Que veas las cosas en su ritmo, en su tiempo,
Y únicamente puedas captar, sutilmente,
El sonido de las guitarras.

Te imaginas que las personas hablen de ti,
Se rían de ti...
Que celebren incluso,
Tu desaparición y tu caída,
El olvido al que todos estamos condenados.

Te imaginas que el mundo de pronto deje de serlo
Y haya que empezar por el comienzo
Y tú seas, el único indicado,
para decir como se hace...

JUDIT.
Judit,
hoy el mar está triste.
Está deforme y hondo
frente al abismo cruel de la distancia.
La noche está vacía;
en el muro se hicieron pedazos los diafragmas
Y el mar,
ha estado gris,
toda esta tarde.

Judit,
seguramente las aves no han volado
en torno a tu cabeza como ayer.
No has sentido el aliento de la lluvia,
el rumor de las olas,
que atraviesan el golfo enternecidas:
no hemos sabido nada
y la noche ulula en los cristales de mi puerta
como un perro furioso de angustias soterradas.

El mar,
Judit;
tiene un rostro de tímido ermitaño
y aquella luz,
con la que jugamos tantas veces,
se marchado de pronto
sin nosotros saberlo.

Hoy el mar está triste.
Quizás estemos por debajo
del susto de sus aguas
y los ojos no queden sumergidos
y no sepamos el motivo de sus penas.
Hoy el mar está triste.
Tú no lo puedes ver;
Ni yo tampoco.

EPIGRAMA.

La noche tiene cuerpo de mujer
Mientras tú duermes;
Después,
Cuando despiertas,
Tú eres la mujer
Y la noche es el sueño.







lunes, 4 de enero de 2010

Poema La Parábola, de Ogsmande Lescayllers.
























LA PARÁBOLA.
Omnes una manet nox.
HORACIO.
I
Desatasco el tiempo y sus plomadas
en hondos pormenores derretidos
en la huella que el tiempo pone al fuego;
en la hendidura donde anidan cuervos,
para volver después, como volando,
a las profundas retinas del naciente.
Así es la ley, y nadie la detiene.
II
Ceñida al sol la cúpula se abre.
Retorna al paso ciego de la vida,
donde se erigen torres de cristales
que surgen de la tierra como hongos:
y sin embargo, sus huellas representan
la subida del hombre a los altares,
hasta que el tiempo equilibre la balanza.
III
Por dentro el fuego, y detrás las sombras.
Una colonia de ángeles clonados
enfilan en oleadas sucesivas,
del eco a la expresión y, como siempre,
cuando empieza a dolernos la existencia,
ya es tarde para todos; todo acaba,
como un gran cataclismo programado.
IV
La ingesta vida se instala en el entorno
como la ausencia que apenas se nomina
al no tener espacio ni argumento,
para entrar en la escala sucesoria
y ahí se queda, sentada en el vacío,
lívida, como una luz de invierno,
que anida en las escamas de los vientos.
V
Todo lo imaginado se hace real.
Toda intuición aumenta su tamaño
cuando entra al festín de las ideas,
para hacerse animal de carne y huesos,
en esta estancia de signos numerarios
donde pierden alturas los conceptos,
la sal se vuelve espuma, sombra y agua.
VI
Manías del ser, insípidas palabras,
que engordan el sentido y la apariencia
de las bestias, los hombres y los dioses.
Del delirio feroz que entrampa el aire,
en la deriva que envuelve los espectros
que te llevan a ciegas por el mundo,
bogando sobre un mar de arena y piedras.
VII
Difícil es entrar, si la espada es el cuerpo del delito.
En una misma trampa dos cabestros,
indemne frente al sol, suben al cielo
y mueven las estrellas y los astros
y las constelaciones se emancipan,
en un cielo sin fondo; donde todo parece que palpita,
mas, nadie sabe, que ocurre al otro lado de la fronda.
VIII
Caín delira y nadie se lamenta.
¡Pobre Caín, pastor abandonado!
Porque su sed lo hizo ser culpable,
en tanto Abel, que caminaba en puntas;
quedó sin culpas, cumplido e inocente.
Mientras tú, por no saber guardarte,
arrastras las cadenas del martirio.
IX
De tarde en tarde, debían todos los hombres,
mirarse los instintos y apagarse,
para incubar, fulgores de ternura,
selvas de amores, nidos de paciencia;
para poner allí, donde el dolor se agolpa,
la luz fundacional del pensamiento,
sin que nada se quiebre en nuestras almas.
X
Pero el camino en tanto se te rompe,
deja de ser camino y se hace abismo.
De puerta adentro, las cosas van a oscuras
y cuando avanzas en pos de las tinieblas,
oyes ladrar los perros y, la confianza,
se quiebra como un plato acristalado,
que ya cumplió su hora en las hornillas.
XI
El mundo, tan hermoso y nos espanta.
La vida, tan doblemente bella,
nos dura un soplo y jamás la entendemos.
La dicha, tan así, se nos escapa,
y nunca la sostienes en tus brazos.
Sin embargo, estas cosas nos persiguen,
desde el nacimiento hasta la muerte.
XII
Sé que el aire desfila detrás de mi sombrero.
Que mi sombra me sigue a todos lados.
Que mi nombre es parte de mi esencia.
que yo no sé quien soy, pero que existo;
en tanto, vivo, pienso, siento y sueño,
como todos los seres, de este mundo,
que un día partiremos a otra estancia.
XIII
El fin de todo, siempre es el comienzo,
de otro instante que inicia su carrera,
sin percatarse, que comenzó muriendo,
bajo los arcos y las emanaciones,
en la indefinición de lo finito,
que al reflectarse vuelve y se hace otro,
en las aguas del mar de la existencia.
XIV
Y después del final, nos desterramos:
mudos, ciegos, vacíos, inconfesos,
hasta cruzar como las telarañas,
de una rama a otra sin mostrarnos,
a los ojos del hombres, ni a las luces,
sino a la oscuridad, donde se duermen,
el olvido, la muerte y el silencio.
XV
Fuga frontal, ofrece la parábola,
cuando los fundamentos se fermentan,
como si la fisura que los une,
se fugara de todo lo esperado,
en ese día impar, cuando te quedas,
convertido en panal, en las palabras,
que se hacen parábolas de vientos.
























martes, 22 de diciembre de 2009

Fotos y texto Ogmande Lescayllers.( tarja Plaza del Himno Nacional, Bayamo, Cuba, Venecia, Italia)




































SECUENCIAS.

En lunes llega el día y todos al trabajo.
En lunes, como siempre, una vez por semana
se mueven los objetos,
caminamos en líneas
para entrar donde el tiempo nos precede.
Retornamos a casa,
pasadas las seis de la tarde.
La vida retrocede,
bajo el concubinato de las sombras.

En lunes, todo es movimiento,
todo va en apariencias,
aunque a veces,
nos concuerden los pasos.

En martes,
el brusco salto de un día sobre otro;
hace saltar todas las estadísticas;
sube el precio del pan y de la leche,
el jornal codiciado termina siendo nada
y nadie se percata que dejó de ser lunes.

Hoy duele más el día,
a penas, los que pasan,
ratifican de nuevo sus memorias,
hay un vacío de hojas y cartones
mientras se va borrando otra jornada,
sin que llegue la tarde,
donde los sueños comienzan a romperse.

Los martes, como siempre,
los hombres labran sangre.
Sobre fichas,
el lunes ha marcado su silueta,
y el martes sin saber, se tambalea,
con temor a caer,
en las rendijas de un día laminado.

Miércoles, día de sombras
en oídos, ojos y gargantas.
Día típico del viaje que no llega
después de tres jornadas,
bogando en el vacío de los fogones.

Miércoles, meridiano de cenizas.
Tapiz de un almanaque
que se inclina detrás de la semana,
sin augurio, sin alas,
sin anuncios de muerte o nacimiento;
cuando todos sospechan,
que detrás de ese sol va la caída.

Miércoles memorable de mercurio.
Día difuminado en su esqueleto,
que en el próximo impulso
dará lugar al jueves.

Desde el comienzo, o desde el fin,
donde todo absoluto
se desprende del tedio y de la calma;
se ven pasar las horas,
hasta quedar a oscuras y en silencio.

Jueves, despiertan las antorchas:
el cielo se puebla de colores,
la vida reverbera, crece al centro,
para dar nacimiento a nuevos soles,
en la cresta del mar, cuando las olas,
rompen la estela azul en pos del viento.

Jueves cuadriculado en el espejo;
rama verde al fondo de la noche,
bajo la sombra de las constelaciones,
para llenar de luz del horizonte.

Jueves de laterales, telarañas;
cuatro puntas,
danzando hacia la puerta,
para un día de amores que te dejan,
en una paz menuda y nobiliaria,
que al viernes queda inserta,
antes que den comienzos las auroras.

Apelmazado viernes, día de combas,
vaticinio final que ya no cabe
donde van a soñar, esos desamparados,
desprotegidos de todo cuanto existe.

Viernes, día venal de espumas blondas:
tocas fin en la barba del mendigo,
en las cejas del ciego,
en el belfo del buey,
en la cachimba asmática,
de un anciano que tose sin aliento.

Viernes ferial, de bancos y tambores,
donde empieza a romperse la semana,
para dejarnos un sábado sin nortes,
ahogado en los sudores de la bruma,
que cae desde lo alto entre dos sábanas,
cansado al descubrir, que ya está en sábado.

Fin y comienzo es un mismo dilema.
Se mide el paso que sale hacia la calle.
Se vuelve donde ayer,
las sombras eran,
tarjas oscuras, como en los cementerios.

En sábado de nuevo, medio abierto,
el broche que la luz dejó en la puerta
y el mismo transcurrir hace de escolta;
de llama mi dolor,
mi colofón de asiento.
Y de tanto esperar el tiempo ladra.
Las misses levantan sus catálogos;
entra el viento, en forma de soplido,
y se queda en domingo, merodeando,
inserto en los cristales del paisaje.

Domingo:
hasta te duele el alma, las amígdalas,
de paso te visitan pesadillas,
sombras que vuelan del cigarrillo al viento;
nubes brocadas, que se dispersan olas.

Entre días, no es fácil detenerse.
De pronto y sin saber,
termina la semana,
y hay que empezar de nuevo haciendo cuentas.

Poema y foto de Ogsmande Lescayllers. (Foto, Ciudad de Bayamo, Cuba.

ESO Y UN POCO MÁS.

Yo, nacido en el caribe,
en la isla de Cuba;
de origen o ascendencia franco-siro,
además, tuve una abuela catalana.
He vivido en más de cien ciudades
y aprendí, después de tantas vueltas,
que la libertad es lo primero.

Aprendí que para amar hay que ser libre,
y que si no eres libre,
no puedes amarte ni a ti mismo.

Mi religión y mi filosofía es el amor.
Para mí, un poeta es alguien que se entrega
y convierte sus sueños en poemas.
Alguien que va seriando las ráfagas del viento
y convierte las nubes en terciopelos blancos,
para dárselas hechas un pañuelo,
a la mujer amada.

En La Habana,
en Bayamo o en Calcuta,
en Damasco, en Doha,
en Porto o en Coimbra,
en Managua o en Delhi,
en París o en Bordeo,
en New York o en Ohio,
en Petra o Capadocia,
en Quito, en Fez o en Cádiz,
en Lesotho o en Roma;
un mismo aire me soplaba el alma,
un canto incidental me acariciaba:
la mano era la misma,
también la comisura de sus labios
y el mismo tacto,
queriendo tocar mi corazón,
me anunciaba en la noche la próxima partida.

De idas y vueltas está repleto mi equipaje.
Al hombre le conozco por sus actos
y no por sus palabras.
Para mí, el presente es lo que importa.
Lo que hagan los demás, no es mi problema.
Intento caminar sin dar tropiezos;
ir a mi aire,
tan sereno y feliz como la brisa
reverdeciendo en cada amanecer,
o hecho trino en el pico de los pájaros.

Yo, poeta y penalista,
ciudadano del mundo y desterrado,
periodista de grandes rotativos,
editor trasnochado,
filósofo a destajo seis días a la semana,
hombre de paz,
a veces sueño con la guerra.

Mis sueños van conmigo a todas partes
y no quiero soñar,
porque las guerras, sólo traen destrucción
y yo deseo regenerar el mundo.

Soy un híbrido de azúcar y mostaza.
Toda la sangre de la tierra es mía.
Soy descendiente del eje de la tierra;
nunca su dueño.

La tierra no es de nadie,
sin embargo,
hay quien quiere apropiársela.
Nadie es de nadie,
y la tierra tampoco.

Pero yo soy Ogsmande Lescayllers,
hijo de Armando y Doralina;
sin otra identidad,
que la que a veces,
me conceden las sombras y el silencio.

viernes, 18 de diciembre de 2009

TEXTO DE LA CONFERENCIA DEL DR. OGSMANDE LESCAYLLERS PARA EL CONGRESO INTERNACIONAL SOBRE JERUSALÉN CAPITAL CULTURAL DE LA HUMANIDAD.



VISIÓN POÉTICA DE JERUSALÉN, AL-QUDS, LA
CAPITAL PALESTINA,


El dolor, mi dolor, mis sensaciones y emociones por esta ciudad y por su gente, emerge en mi poesía, porque mis versos, como las aguas de los manantiales que bajan por las laderas del Ofel hasta Guijón, son también un himno de vida y esperanza.

Jerusalén no es sólo una ciudad, sino un símbolo. Un símbolo que por su polisemia, por sus implicaciones semánticas y ortológicas está más allá de algo que es, para convertirse en un algo intemporal que se ubica entre la realidad, la ficción, la mística y el mito. Semiológicamente Jerusalén, ya no sólo por la acción sígnica que representa escapa a todo compromiso material concreto, para integrarse en el mundo de lo sueños, de ahí que, sólo con mencionarla, ya estamos envueltos en una infinita red de intencionalidad a la que sólo se puede llegar a través de la poesía.

Cuna de profetas, reyes, poetas y patriarcas, Jerusalén ha sido siempre y lo seguirá siendo, a pesar de los dioses, cuna y casa del hombre. Una ciudad de ciudadanos, donde se han mezclados infinidad de razas, credos religiosos, filosóficos, exégesis históricas, usureros y banqueros, luces y sombras, como ha ocurrido, ocurre y ocurrirá en todo sitio de renombre, habitado por seres humanos.

La grandeza de la ciudad de Jerusalén estriba en Jerusalén misma. No importa ya quiénes hayan sido el grupo o colectividad humana que haya vivido en ella. Unos la han magnificado, enriquecido, ilustrado y fortalecido; otros la han hundido en el más terrible de los fracasos y en el más oscuro de los oprobios: crímenes y bajezas humanas. Pero ante todo, el nombre de Jerusalén sigue enhiesto, levantando pasiones por todos los rincones de la tierra.

Cuando aún el sol de Oriente no calentaba tanto, ni las arenas del desierto se movían tan ágilmente sobre los valles y montañas de esa región del mundo, por allí iban los beduinos con sus sueños acuestas. Cuando hizo falta descansar para reponer las fuerzas, a los pies de la montaña de Sión, se encendieron las primeras antorchas para festejar alguna Saturnalia, candelaria u otro evento de la naturaleza, en las que los antiguos veían y sentía la mano y la inteligencia de los dioses.

Unos antes y otros después, en fin, entonces no existían las fronteras y los caminos y los campos eran de todos: el hombre era hermano del hombre. El hijo era hijo del padre y los lobos, que merodeaban por allí, ante semejante fuerza, no se atrevían atacar a los humanos.

Las eras, como todos sabemos, no son tiempos muertos, son espacios de vida que nos ilustran los períodos, entre uno y otro ciclo de la existencia, donde de algún modo, el hombre va dejando su impronta.

Creo que es oportuno señalar, que no todas las religiones son de inspiración divina. Y que por esa misma razón se han cometido y se comenten tantos crímenes e injusticias evocando el nombre de Dios. La fe que es el alambre que une o ata los credos más hermosos alimentados por la imaginación humana, nace de los más profundo, humilde y amoroso que puede originar el ser. Este ser imbuido en su fe, jamás hará daños a nadie y, por lo contrario intentará, lejos de toda conquista o espíritu de pertenencia, dar paz y cobijo al hombre, tenga o no una religión, porque el primer deber es el hombre.

En este espacio cierto, pero de nadie, brotó Jerusalén, para las sucesivas oleadas de pueblos, comunidades y naciones que la fueron habitando a lo largo de la historia.

Por la general, cuando consultamos los múltiples y disímiles libros u otros textos de historia o leyendas sobre Jerusalén, nos encontramos con el mismo dilema, la falta de imparcialidad y de objetividad con la que los historiadores, salmistas, o fabuladores han tratado este asunto. De ahí que, yo, que no soy historiador, ni fabulador, sino un poeta gobernado, hasta cierto punto por el libre albedrío, me uniré a los profetas, en el mejor sentido de la palabra, para exponer, con y, desde la poesía mi basa de amor y de ternura hacia ese pedacito de tierra del planeta, que algunos consideran la casa de Dios, Tierra Santa, Puerta del cielo o Ciudad Eterna.

Les voy a trasmitir mis emociones, mis sensaciones y mi dolor, porque como ser humano, vivo y actuante, que hoy se enfrenta libremente a las miserias humanas que nos envuelven, a mí también “me duele el mundo”.

A veces me pregunto: que por qué habiendo en los salmos, en las canciones, en los cantares, en la leyenda y en la historia, tonto bíblicas, prebíblicas, talmúdicas, coránicas, torácicas y en una diversidad de textos de los más variopintos, tan extraordinarias enseñanzas, sobre el amor, la paz y la justicia etc. Cómo es posible que a estas alturas del siglo XXI, todavía hayan hombres que se hagan la guerra, que maten y destruyan, que destierren y exterminen a un pueblo o a un hombre, porque tenga otro modo de pensar y ver la vida, o de actuar ante la vida sin hacerle daño a nadie. El primer compromiso del hombre es la vida. Y vida es amor y, antes los ojos de Dios, todos somos iguales, y del mismo modo que todos tenemos la muerte, también de todos es la vida, y nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho de mancillar al otro.

¿Poesía, verdad? Pueden pensar algunos, sobre todo, esos que sólo les importa el dinero y ejercer el poder sobre los demás a todas costas, sin importarles sin van al cielo o al infierno. Piensan y creen que han sido el pueblo elegido y que ese legado, quizás un poco materialista y egoísta de la leyenda, es parte de eso que hay que conquistar sin importarles a quien ni a cuantos haya que llevarse por delante.

Los símbolos de la zarza ardiendo, o las tablas de la ley que fueron dadas a Moisés, el tabernáculo y la Tierra Prometida, no hacían a nadie propietario de nada. Y si algo hubiera que buscar, para refrescarnos la memoria, debíamos irnos hasta la Península del Sinaí, donde posiblemente esté el origen del pueblo israelí, fungiendo siempre como colonos y nunca como dueños de nada; porque prometer no es dar. Pero dado el caso que así fuera, a qué viene ahora ese reclamo, si como nos dice el novelita peruano, Ciro Alegría, “el mundo es ancho y ajeno”. ¿Acaso es tan supina la ignorancia de los colonos judíos que ahora vienen tomando territorios a sangre y fuego, y piensan que su destino o el de Jerusalén está cifrado sempiternamente en las Santas Escritura?

A lo largo de la historia y de los tiempos los palestinos, hombres nobles y laboriosos, siempre han permanecido ahí. Allí han visto nacer y morir a los suyos. Han soportado la opresión y la tiranía de otros pueblos intrusos e invasores. Han sobrevivido al intento de cambiar sus costumbres y destruir su cultura. Como están poseídos por esa tierra, Palestina, allí nacen y mueren y no emigran ni organizan un éxodo más que les que imponen los mercenarios que toman sus tierras y usurpan sus derechos.

Palestina es la madre de Jerusalén. En un estado natural, la hija no puede ser más poderosa ni más importante que la madre, pues, sólo la hija reinará cuando la madre deje de hacerlo. Y, si una madre siempre ha sido fiel al mandato o a la demanda de los suyos, la hija debe guardar respeto por la madre que la amamantó y le dio cuerpo, para que el mundo sepa que nos es bueno ni de hombre honrado, romper los pactos con la naturaleza.

Cuando los israelitas llegaron a Jerusalén ya existía el nombre, si como ellos piensan dios los había guiado hasta allí para instaurar su reino, en nombre de ese díos debían crear un hogar de paz para todos los seres humanos, pero nunca ha sido así. Los cortos períodos de paz que se han vivido en esa tierra ha sido cuando los judíos han estado en minorías y el resto ha permanecido errante en el exilio.

Como todos sabemos, en Palestina han convivido en paz, civilizadamente, árabes, judíos, jebuseos, sirios, macabeos, coptos, cananeos, cristianos, ortodoxos etc. Y, para bien o para mal, jamás dios se ha lamentado por ello.

Los que han querido conservar la Ley mosaica, la religión judía y las costumbres que según las escrituras son propias del pueblo de Israel, donde quiera que han ido, en lo social, por lo general han fracasado, sencillamente porque se han aislado ellos mismos, sobre todo, cuando han querido imponer su voluntad a otros.

Hoy el mundo ha cambiado. Los israelíes lo saben. Pero parece que no les ha servido de nada las lecciones de la historia y las duras experiencias que les ha tocado vivir en épocas sucesivas. Nada de eso los hace desistir de su arrogancia y de unos ideales que no se sostienen a la luz de la verdad y de la ciencia.

No se entiende cómo es posible que los israelíes odien a los árabes, cuando posiblemente los árabes, los palestinos, ese pueblo al que intentan borrar de la faz de la tierra por medio del genocidio, hayan siendo sus verdaderos salvadores, su defensores más inmediatos.

Tres religiones monoteístas allí se dan la mano. Desde el dios Baal de Ugarit, hasta los profetas, reyes y patriarcas: Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David, Salomón, etc., durante los tiempos bíblicos, o Jesucristo y Mahoma, las luces del cielo vinieron para poner sus rayos de amor y paz sobre el cielo de Jerusalén, que no en el suelo, porque allí nunca ha dejado de correr la sangre. Quizás algunos iluminados quieran interpretar que ese es el tributo o la ofrenda que reclama Yahveh a su pueblo elegido.

Hoy es el Sionismo, que no es una religión ni una filosofía, sino una ideología racista, de corte neofascista y de origen occidental, que ha sido aderezada con lo peores ingredientes del colonialismo, el fascismo, el imperialismo y el neocolonialismo, ideado e instrumentalizado para apropiarse de la “Casa de Dios, de la Ciudad Santa o de la Puerta del cielo y todo lo que encuentren en su alredor.

De todos modos, fuere como fuere, la humanidad no puede permitir, bajo ningún concepto, semejante afrenta contra los verdaderos ciudadanos de la ciudad de Jerusalén: el pueblo palestino. Ella es su capital y la de todos los hombres de buena voluntad que, vengan de donde vengan, siempre y cuando lo hagan en son de paz y de concordia, allí tendrán, como fue en el pasado, casa y cobijo, porque según las Sagradas Escrituras, Dios no desampara ni desamparará, bajo ningún concepto a ningunos de sus hijos que, por antonomasia, somos todos los hombres de la tierra.

Desde hace mucho tiempo lo vengo repitiendo: será hermoso que un día podamos construir y vivir en un mundo global; un mundo con todos y para todos. Lo que no es justo ni se justifica es vivir en un mundo globalizado, donde los poderosos de siempre elijan y dirijan tu modo de vivir, tu libertad de pensamiento, la eticidad de tu gente, ni las maneras y modos que cada pueblo tiene de construir, intuir y hacer sus cosas. De igual modo, digo y me reitero que no existe ni existirá jamás, una lucha de civilizaciones; los civilizados no pelan, no se agreden, no destierran ni separan a nadie, no masacran ni discriminan. El hombre civilizado se busca, dialoga, se educa, sale en pos de la igual y la libertad en defensa del otro sea o no hijo de su misma casa, pueblo o nación. El hombre civilizado es altruista, que como nos indica la expresión es un hombre civil con indiscutibles valores morales y humanos, alguien así jamás pelea, sencillamente ama, construye y lega todo lo mejor que haya en él en pos del triunfo de la humanidad toda.

Lo cierto es que hay una lucha encarnizada de incivilizados contra civilizados. De fuertes contra los débiles. De fanáticos irreligiosos contra los verdaderos religiosos. De ignorantes contra letrados; como siempre, los fantasmas del averno intentando destruir el sol. Como siempre, los apocalipsistas imaginando el día que aparezcan de nuevo los dioses Yam_Nahar, o Mot., para hundir a todos aquellos que claman por justicia en el Hades donde Baal fue hecho prisionero, para instaurar los dioses nuevos, de la nueva alianza, que apuran y disparan sus mortíferas armas, contra todos aquellos que constituyan paz, justicia, amor y libertad.

Sobre esos hervores de la vida y esos batientes de la realidades que vivimos salen ungidos mis versos para Jerusalén, animados por la intemporalidad de la palabra anhelosa de que todos construyamos puentes o partículas de unión capaces de sellar en un mismo haz, a judíos y palestinos, al templo, la sinagoga, la mezquita y la iglesia; a la verdad y la ficción, las luces y las sombras, la fe y la confianza, a sabiendas, que los dioses no pelean; si han venido al mundo es para darnos vida, curar enfermedades y salvarnos del miedo y de los odios, y para exigirnos a todos por igual, que nuestro deber y obligación antes de ir a la guerra para empujar a alguien hacia la muerte o el destierro, es “amar al prójimo como a uno mismo”; el verso no puede ser más exacto ni la demanda más justa, porque lo que nos proponen las leyes divinas y la de los hombres, es caminar juntos, por los siglos de los siglos hasta el fin de los días, cuando otras luces vengan a clarificar los cielos de nuestras memorias, en la Casa de Dios, en Jerusalén Capital de Palestina, o allí donde estemos cantando las alabanzas de los tiempos o el despertar sin tiempo de la humanidad.

AL-QUDS.

Ella en el aire:
hiberna,
flota,
vive.

Ella,
la sempiterna,
a pie juntillas.

Ella,
vida enjaulada,
pájaro del desierto,
piel del bosque.
corazón palestino desangrado;
Al-Quds, bailando al sol
la danza de los árabes.

Al-Quds
la desterrada,
la prohibida,
la niña celestial de Dios y el hombre.

Jerusalén,
aquí,
míranos bien.
Me llego ahora
porque ya estuve antes
cuando la luz aún era pequeña
y el camino una huella en las arenas.

Al-Quds,
motéanos la frente
que el viento del desierto nos golpea
y las aguas del bien caminan lentas.

Jerusalén,
Despégate.
No hagas de mí un cadáver.
Que nadie te convierta en una morgue.
No hagas de mí una lápida,
ni permitas,
que te conviertan en sepulturera.

Allí florece un sol;
aquí una estrella,
la luna está mirándote indecisa,
ella es, un poco de este sueño
que viene a alimentar tu sed de madre.

Al-Quds,
conciencia Palestina en el naciente:
Moisés,
David,
Abraham
bebieron de Guijón aguas benditas.
Contemplaron a Ofel
y levantaron puertas,
hasta hacer un enorme tabernáculo.
Antes habían llegado
los hijos de Canaán,
los yabusies,
y otros pueblos,
que trajeron sus dioses y costumbres.

Palestina, la madre,
te amamantó Al-Quds,
te puso los pañales de la infancia
hasta que vino el Ángel,
a protegerte del frío de la noche
y la maldición de los judíos.

Cristo pasó llorando por aquí.
Subió llorando al monte
y bajó maniatado.
Y luego con la cruz,
subió hasta el Gólgota,
donde sin más, fue crucificado.
Los judíos hasta hoy,
según Josefo,
jamás reconocieron sus milagros.
Según la vida,
el Mesías sigue vivo
y los judíos calados por la muerte.

Al-Quds
tú no eres el ojo de Israel.
Eres la espiga de los labradores,
la voz del campesino y la sonrisa
de los niños de Gaza y de Ramalah
las palabras de Omar,
el son del viento.
La mujer hecha miel,
la rosa eterna;
las enseñanzas que nos legó el Profeta,
con las que juega la brisa del desierto.

Al-Quds
novia de Dios y de los dioses.
No te quedes ahí,
sigue tejiendo, amada,
para los esponsales con tu pueblo.

Si los sionistas vienen y disparan,
dispárales con dátiles, desde los minaretes,
con las cenizas de tus hijos muertos,
con el tejido de tus sentimientos,
o con los aquelarres de tus sueños.

Jerusalén,
Al-Quds;
capital Palestina;
Casa de Dios,
del hombre,
y de todos los pueblos del planeta.